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viernes, 30 de septiembre de 2011

Creighton Gubanich y el Gordito de Guasave: Elia Casillas



Creighton Gubanich y el Gordito de Guasave

 


Elia Casillas

Nos acostumbramos a verlo con los pies desabrigados y en las huellas que abandonaba al caminar, se advertía la costumbre por la tierra. Un pantalón corto lo amparaba del invierno que, le ponía la piel cenicienta, la camiseta deteriorada por el lavadero era serena, pero él, él, eternamente tenía una sonrisa para todos y la firme disposición de ayudar a cualquiera por una moneda. Sus frondosos cachetes y la enorme mirada negra, le daban un aire de mexicano dispuesto, el cabello desordenado le cubría la frente, quizás tendría ocho o diez años, no más. Al finalizar el partido, cada jugador salía escoltado por él, ya fuera con la maleta de béisbol, o simplemente entrevistándolos acerca del partido y no los soltaba hasta llegar a la puerta del automóvil, despidiéndolos de abrazo y apretón de mano. Todos le proporcionaban dinero para que sobreviviera, algunas veces una sonrisa, o simplemente un arrumaco en la cabeza, lo hacían rey del cielo. Volteaba hinchado de emoción, y veía a todos los aficionados que esperaban por un autógrafo, como diciendo, “ellos son mis amigos”. Sinceramente con sus poquitos años, era el guardaespaldas oficial de los Algodoneros de Guasave, misión que cumplía al pie de cada juego, perdiera el equipo o con la victoria en la maleta, siempre estaba ahí, noche tras noche. Pero un buen día, llegó al equipo un joven norteamericano, receptor de oficio, Creighton Gubanich, entonces, la cara del Gordito reflejó lo que hace la felicidad en un ser humano. Su hogar constantemente fue la central de autobuses, sitio donde lo esperaba una banca para desatar sus fantasías, como buen niño trabajador, los guardias del lugar nunca lo corrieron. Un día, el Gordito apareció en un viaje del equipo. Recuerdo que era en Mazatlán, Gubanich costeó sus gastos, cuando lo ví, traía zapatos deportivos recién estrenados, calcetas, un pantalón de mezclilla y una camiseta de marca. Su rostro… Si, el rostro del Gordito soltaba una sonrisa, los ojos tenían un brillo constante, un resplandor que venía de un alma restaurada. Entre los jugadores Greg Martínez, Brad Saizer y Gubanich le compraron ropa y calzado, Aurelio Rodríguez (el manejador) le consiguió un uniforme para que anduviera con ellos en los viajes. El Gordito bailaba entrada, tras entrada, y el público aplaudía la soltura del niño para ambientar el juego, su alegría era contagiosa y de alguna manera en el equipo se apreciaba el buen humor.

Lo asombroso fue que no cambió su actitud anterior, permaneció siendo el acompañante oficial de los Algodoneros de Guasave, a la salida del parque. En esa temporada, el Gordito no cambiaría su Imperio con el niño más rico del mundo, sólo de observarle el orgullo cuando salía como salvaguardia de los jugadores, y las interrogantes que despertaba en la gente cuando lo veían de compañero de los peloteros en restaurantes de lujo, en los que el Gordito, quizá, ni siquiera tuvo en sueños, las noches cuando se dejaba ir en aquella banca. Hace dos años vi al Gordito en Guasave, vende de todo en el estadio, continúa siendo un joven acomedido, en cuanto me vio, vino a saludarme y entonces recordé que un día en la Escuela de Escritores hice este relato que el tiempo mezcló con desatención. Hoy de manera inexplicable el Gordito apareció y lo muestro para que ustedes presencien esta cara de los jugadores.

Felicitaciones a todos los niños que trabajan en los Estadios y ojalá que algún día, se cruce en su camino un jugador como Creighton Gubanich, quién trajo un milagro de amistad, a la vida de este niño mexicano.





Navojoa Sonora Diciembre 6 del 2003

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Oaxaca… Vinicio Castilla


Elia Casillas





-Carlos, ¿viste el guante?

-No Vinicio.

-No lo encuentro Carlos, ayúdame a buscarlo.

Ahhhh, terrible noticia para Vinicio. Perdió el guante donde puso futuro, agua que no venía del cielo, sino del espíritu que en algún momento escapó. Cuando la adrenalina de una atrapada estuvo ahí, haciendo chispas y el dolor de la mano se confundía con el aplauso. En aquel tiempo, empezaban las callosidades que deja la pelota, huella ineludible que lo formaría como especialista en el oficio. Desde ahí, empezó a ver el béisbol con otro enfoque. Pero aún era un niño. Sí, un niño de ocho años, que había extraviado su guante, un niño traspapelado en la tragedia de lo que se quiere, de lo que gana el dinero. Porque no se puede dejar de lado la plata, ya que en su manopla partían los ahorros, no sólo de él, sino también los de su hermano Carlos. Por eso, este acontecimiento cobraba una doble desgracia, puesto que ni su hermano de diez años, podría tenerlo una vez más. Sus ojitos ensancharon por el estadio, pero esto no fue suficiente para ver el guante. Recorrió cada sitio por donde transitó con paso exacto, mientras, los zapatos formaban un canal con sus vaivenes. Entonces lloró. En ese momento supo, que para un jugador no existe bálsamo cuando extravía su manopla. Ésta, era parte de él, la otra extensión de su mano, de alguna manera, asistente, camarada, la única que conocía miedos y coraje. Sí, la bravura que requiere la tercera base, la esquina que recibe la bola, cuando se convierte en proyectil. Era ahí, donde Vinicio quería estar, pero ahora, ya no tenía su guante. Su Rawling mexicano, con el que se imaginaba en Grandes Ligas. Ohhhh anochecer salobre, con la mirada en el limbo de los desventurados, rogando para que al día siguiente, o esa misma noche, alguien hablara diciendo que lo habían encontrado. No fue así. Su guante, ya no era su guante y tenía que aceptarlo. Sin embargo, cada vez que iban a Zacatlán, se repetía la primera vez que lo gozaron y sintieron piel nueva en los dedos, acoplándose a la mano. Ahí, en una tienda de Puebla de los Ángeles, por fin, vieron el resultado del esfuerzo, su otro tesoro, cuando ningún sacrificio fue inútil… ¡Tenían un guante! Ahí dejaron sus ojos, y el zumo de las manos, ahí estaban sus sueños, cada moneda era parte de aquella funda, de aquel logro que ahora les gratificaba con una gran propina, su guante, su manopla de ilusiones. Un guante, que ahora no les correspondía. En un santiamén, la impotencia llegó convirtiéndose en tristeza, poco a poco, la pena se adueñaba de él, finalmente vino la resignación. El acatamiento apareció con el paso de los días, meses, años, pero nunca borró de la sangre aquel guante, el trago hiriente que no lo dejaba descansar. Algunas veces, mientras pernoctaba, alguien venía con la manopla y al despertar… Todo era parte de una ficción que de alguna manera, el mismo se inventaba en su delirio, la piedra que venía a machacarle una y otra vez su culpa. De nuevo, entregado al sinsabor se regañaba por su distracción, por lo imperdonable, por no ser adivino y desconocer al dueño actual de su guante, por no estar al tanto de su manopla, por ser confiado, por creer que los ladrones sólo eran parte de cuentos y novelas. No sabía cómo ver de nuevo a Carlos, cómo decirle que algún día lo colmaría de regalos, si era más pequeño que su hermano. Ya profesional, Saraperos de Saltillo adelantaron el suelo para que comprara otra manopla, esta vez, fue una original. Entonces, prometió llegar con ella al siguiente objetivo y así lo hizo. Bravos de Atlanta su meta superada, los recorridos en ligas menores, ahora eran un fragmento de su hambre, sus pies ya eran terreno de otros zapatos, él y su guante iban en los rieles de Grandes Ligas, marcando una historia de mexicanos. Por años estuvo con él, pero… la malaventura remachó otra vez la pesadilla. Estaba con los Mantarrayas de Tampa, el lugar del extravío daba lo mismo, misteriosamente el guante desapareció. La gratificación de tres mil dólares, no convenció al que se lo llevó. La persona que hurtó su manopla, quería la magia que había en ella, no obstante, ignoraba que ese talento era de las manos de Vinicio, sí, en esas manos que lo llevaron al gran circuito. De cuando en cuando, el mal sueño gira y como eco, permanece en el pecho de Viny agitando el corazón. Nuevamente, despierta en el naufragio y se ve con el uniforme de niño preguntando:

-Carlos, ¿viste el guante?

-No Vinicio.

-No lo encuentro Carlos, ayúdame a buscarlo.




Navojoa Sonora, septiembre 15 de 2004