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miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Oaxaca… Vinicio Castilla


Elia Casillas





-Carlos, ¿viste el guante?

-No Vinicio.

-No lo encuentro Carlos, ayúdame a buscarlo.

Ahhhh, terrible noticia para Vinicio. Perdió el guante donde puso futuro, agua que no venía del cielo, sino del espíritu que en algún momento escapó. Cuando la adrenalina de una atrapada estuvo ahí, haciendo chispas y el dolor de la mano se confundía con el aplauso. En aquel tiempo, empezaban las callosidades que deja la pelota, huella ineludible que lo formaría como especialista en el oficio. Desde ahí, empezó a ver el béisbol con otro enfoque. Pero aún era un niño. Sí, un niño de ocho años, que había extraviado su guante, un niño traspapelado en la tragedia de lo que se quiere, de lo que gana el dinero. Porque no se puede dejar de lado la plata, ya que en su manopla partían los ahorros, no sólo de él, sino también los de su hermano Carlos. Por eso, este acontecimiento cobraba una doble desgracia, puesto que ni su hermano de diez años, podría tenerlo una vez más. Sus ojitos ensancharon por el estadio, pero esto no fue suficiente para ver el guante. Recorrió cada sitio por donde transitó con paso exacto, mientras, los zapatos formaban un canal con sus vaivenes. Entonces lloró. En ese momento supo, que para un jugador no existe bálsamo cuando extravía su manopla. Ésta, era parte de él, la otra extensión de su mano, de alguna manera, asistente, camarada, la única que conocía miedos y coraje. Sí, la bravura que requiere la tercera base, la esquina que recibe la bola, cuando se convierte en proyectil. Era ahí, donde Vinicio quería estar, pero ahora, ya no tenía su guante. Su Rawling mexicano, con el que se imaginaba en Grandes Ligas. Ohhhh anochecer salobre, con la mirada en el limbo de los desventurados, rogando para que al día siguiente, o esa misma noche, alguien hablara diciendo que lo habían encontrado. No fue así. Su guante, ya no era su guante y tenía que aceptarlo. Sin embargo, cada vez que iban a Zacatlán, se repetía la primera vez que lo gozaron y sintieron piel nueva en los dedos, acoplándose a la mano. Ahí, en una tienda de Puebla de los Ángeles, por fin, vieron el resultado del esfuerzo, su otro tesoro, cuando ningún sacrificio fue inútil… ¡Tenían un guante! Ahí dejaron sus ojos, y el zumo de las manos, ahí estaban sus sueños, cada moneda era parte de aquella funda, de aquel logro que ahora les gratificaba con una gran propina, su guante, su manopla de ilusiones. Un guante, que ahora no les correspondía. En un santiamén, la impotencia llegó convirtiéndose en tristeza, poco a poco, la pena se adueñaba de él, finalmente vino la resignación. El acatamiento apareció con el paso de los días, meses, años, pero nunca borró de la sangre aquel guante, el trago hiriente que no lo dejaba descansar. Algunas veces, mientras pernoctaba, alguien venía con la manopla y al despertar… Todo era parte de una ficción que de alguna manera, el mismo se inventaba en su delirio, la piedra que venía a machacarle una y otra vez su culpa. De nuevo, entregado al sinsabor se regañaba por su distracción, por lo imperdonable, por no ser adivino y desconocer al dueño actual de su guante, por no estar al tanto de su manopla, por ser confiado, por creer que los ladrones sólo eran parte de cuentos y novelas. No sabía cómo ver de nuevo a Carlos, cómo decirle que algún día lo colmaría de regalos, si era más pequeño que su hermano. Ya profesional, Saraperos de Saltillo adelantaron el suelo para que comprara otra manopla, esta vez, fue una original. Entonces, prometió llegar con ella al siguiente objetivo y así lo hizo. Bravos de Atlanta su meta superada, los recorridos en ligas menores, ahora eran un fragmento de su hambre, sus pies ya eran terreno de otros zapatos, él y su guante iban en los rieles de Grandes Ligas, marcando una historia de mexicanos. Por años estuvo con él, pero… la malaventura remachó otra vez la pesadilla. Estaba con los Mantarrayas de Tampa, el lugar del extravío daba lo mismo, misteriosamente el guante desapareció. La gratificación de tres mil dólares, no convenció al que se lo llevó. La persona que hurtó su manopla, quería la magia que había en ella, no obstante, ignoraba que ese talento era de las manos de Vinicio, sí, en esas manos que lo llevaron al gran circuito. De cuando en cuando, el mal sueño gira y como eco, permanece en el pecho de Viny agitando el corazón. Nuevamente, despierta en el naufragio y se ve con el uniforme de niño preguntando:

-Carlos, ¿viste el guante?

-No Vinicio.

-No lo encuentro Carlos, ayúdame a buscarlo.




Navojoa Sonora, septiembre 15 de 2004


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