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lunes, 19 de mayo de 2008

Prepárate porque quiero esceibir un libro contigo. III


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Sin embargo, al anochecer no hubo una ambulancia disponible para el traslado y debíamos esperar al siguiente día, saldríamos a Obregón a las tres y media de la madrugada, entonces le dije a Mel que durmieran él y Paola y yo les velaría para no quedarnos dormidos, Gaby estaba con Luis en el hospital. Paola viajaría con él en la ambulancia y nosotros le seguiríamos en el auto. Cuando buscaba algo de café en una de las alacenas observé que había muchas cajas de diferentes medicamentos para el dolor de cabeza y sentí pena por mi hijo tratando de mil formas aliviar su dolor, cuando esa molestia era para una cirugía de alto riesgo. Salimos casi a las cuatro y media, quise dormir pero con el pendiente frente a nosotros ¿cómo? Nuestro hijo iba delante y debíamos de cuidar que todo marchara bien, el hombre que conducía se veía tranquilo. Mercedes había dejado el entrenamiento de los Mayos, y don Víctor Cuevas extendió un cheque para cualquier emergencia y le dijo que la familia estaba primero, que se fuera, y que por el trabajo no se preocupara. Regresarnos a Navojoa fue bueno para él, ya que eso le permitiría continuar con la preparación del cuerpo de lanzadores del equipo. Cuando arribamos al Seguro Social de Ciudad Obregón esperamos y esperamos y esperamos, nunca hubo un director para recibir a Luis, corrimos con los mismos trámites que cualquier usuario, la camilla que lo trasportaba duró en el pasillo desde las seis y media hasta las once que lo ingresaron. Nunca vi el trato especial y cuando quisimos hablar con el Director para avisarle de nuestro arribo, nunca obtuvimos respuesta. Yo estaba sin dormir, y le hablé a Sara de Romo, ella, Vicente y sus hijas siempre han querido a mis hijos y debían saber lo que estaba pasando, inmediatamente se vinieron Kenia y Karla, yo necesitaba descansar mínimo una hora para recuperarme, cuando me vieron sentada en el piso y en catastrófico estado, una de ellas dijo:
-¿Tía y esa facha?
- Ay Kenia, ¿crees que tengo deseos de verme bien?
-No pues no, tía. Te entiendo.
Kenia nos llevó a su casa y caímos tres horas y media, luego comimos pescado empanizado que nos supo a gloria. Desde la fatal noticia la comida para nosotros se había convertido en mero trámite, sólo eso tramite, no había nada que pudiéramos saborear, hasta una noche antes. Cuando estábamos en el seguro social de Hermosillo, Luis pidió una hamburguesa y ohhhh bendita comida rápida, ya con la esperanza y preparándonos para el viaje relamimos cada papa frita, y las hamburguesas pasaron a mejor vida. La primera noche en el hospital cuidando a Luis fue para mí, y pasé todas las horas oscuras en una silla, a Paola iba a tocarle en el día y yo iría a casa a descansar, y Gabriela por la noche se turnaría conmigo. La casa estaba limpia, todo en orden como se había quedado.
De nuevo en la carretera, como cada amanecer, como cada anochecida, nosotros con un guerrero en los pies, y otro en el corazón al lado de Luis. Hicimos turnos para dormir con él, ayer me tocó a mí. Llegamos y no atinaba la entrada, al fin en la puerta una mujer cuidaba que no se fueran de más en la visita a los enfermos, la tipa era una luchadora en ring desigual, la custodiaban dos guardias de seguridad. Por supuesto que no dejaron que entrara ya que Mel traía el pase y debía esperar que bajara con él. No importó esperé, en este caso lo primero que debes hacer es no desesperarte. Cuando apareció Paola, me fui al separado de Luis, Mel lo veía con un amor desmedido, era evidente el sufrimiento por su hijo, desde la noticia, había encanecido como diez años. Cuando se fue, Luis me pidió que le sobara la cabeza. Le pregunté que había comido y sólo señaló un plato a medias. No podía creerlo, aquello tenía aspecto de comida para perros, era carne molida color café, sólo eso, con una rebanada de pan de caja. Me dolió el corazón, a Luis le produjo asco y no cenó.
Desde la llegada a Obregón no le suministraron los medicamentos y cada día fue una tortura para él, con los dolores desde el martes no descansaba y ya era jueves, el sufrimiento crecía sin que nadie pudiera detenerlo, como esa noche que se quejó. No sé cuanto tiempo acaricié la cabeza y cuando dormía, aprovechaba para sentarme. Al fin cerca de la media noche logró adormilarse, saqué un libro de García Márquez y leí unos minutos, luego hice mi tendido: una colcha, más la cobijita de Gaby, luego encima puse las almohadas y me acosté. No supe a qué horas quedé noqueada, hasta que Luis dijo:
-Mamá, quiero vomitar
Me fui detrás de él y veía que casi soltaba el estómago entre vómito y vómito, sentí impotencia, rabia detenida, eran las seis de la mañana…
- Quiero bañarme, dijo- le di la toalla, el shampoo y jabón. Volvió a la cama y me pidió de nuevo que le sobara la cabeza.
- Luis, te juro por Dios, que hoy termina tu martirio, te lo juro por mi padre.
Entonces apareció una enfermera con un séquito de aprendices.
-¿Todo bien, Luis?
-No, nada está bien- dije. Para entonces una fiera crecía en mi pecho.
-¿Qué pasa?
-Hoy pasa de todo, Luis continúa con el dolor de cabeza, acaba de vomitar, anoche no cenó, lo que trajeron no se le puede llamar más que: comida para perros.
-Señora, eso no se dice, nos está ofendiendo, no tiene por qué decirlo, ¿qué van a decir los demás enfermos que se comen lo que aquí se les da?
-¿Qué no tengo qué…? Estoy en un país libre y si algo pasa, debo decirlo
-Es que es muy ofensivo lo que acaba de decir…
-¿Ofensivo? Si yo les ofendí con mis palabras… A mí me ofenden con esa comida que dan.
Inmediatamente salió con su comitiva, tal vez mi voz desmedida llegó al médico o quizá le tocaba venir, la cuestión es que llegó.
-¿Cómo está todo?
-Mal, muy mal, el dolor de cabeza no se va, no ha estado comiendo bien, la cena de anoche era comida para perros…
-Mamita no diga eso, no utilice esos términos
-Doctor, escribo poemas y cuentos, si quiere le hago una metáfora de esa cena. Es algo surrealista, cuando veníamos para acá, dijeron que no nos mortificáramos por nada, que el director de este hospital estaba al tanto de nuestra situación…
-¿Quién le dijo eso?
-El doctor Arturo León Lerma…
-¿Y ese quién es?
-Es uno de los directivos del equipo de béisbol de los naranjeros de Hermosillo.
-A nosotros no nos gusta el béisbol. Lo siento, ni conocimiento teníamos. No iba a llamarle a León Lerma, sabía que cuando fui al templo, ya Dios nos tenía en sus manos, sólo era cuestión de no callarnos.

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